Fink (1966a:158-161) – alegoria da caverna

Raúl Iturrino Montes

Pero la situación paradójica de la filosofía fenomenología de Husserl se deja simbolizar por medio de la alegoría de la caverna platónica, no porque ella misma sea un platonismo modernizado de alguna manera, sino porque Platón, desde el poder de la intuición mítica, dio con el gran símbolo visionario de todo filosofar. Por cierto, esta imagen manifiesta todo su poder de iluminación sólo en referencia a la filosofía platónica. Pero aplicada a la fenomenología en una libre reflexión, muestra un poder iluminador que aclara y alumbra mediante el símbolo.

En una caverna, en la que entra una luz crepuscular a través de una entrada estrecha y alta, hay unos hombres sujetos y atados hasta la inmovilidad, vueltos de espaldas a la entrada y a la luz, mirando hacia la pared de la caverna, sobre la cual se proyectan las sombras de sí mismos así como de cosas que se mueven allá afuera frente a la entrada de la caverna. Necesariamente, han de considerar que las sombras son las cosas realmente existentes, ya que jamás se han podido ver a sí mismos ni a las cosas que se mueven allí afuera. Todo su conocimiento es, por tanto, conocimiento sobre sombras; sus verdades, sobre sombras, sin que ninguno sepa nada sobre la condición de sombra como tal. Y como habrá entre estos hombres algunos que podrán precisar y conocer más rápidamente y mejor que los otros las sombras consideradas como lo que existe realmente, también dentro del conocimiento de sombras se dará la distinción entre un conocimiento ingenuo y uno más perfecto.

Para una interpretación fenomenológica, la caverna viene a ser la imagen de la permanente situación del hombre en el mundo. Siempre nos hallamos atados hasta la inmovilidad por la fascinación de una potente tradición de (168) “prejuicios” que nos mantienen de espaldas a lo realmente existente y nos vuelven hacia el mundo de las “sombras”, las de nosotros mismos y de las cosas. Pero “sombras” no significa tanto como lo irreal, lo propiamente no existente, sino antes bien lo que deriva el sentido de su ser de lo realmente existente, lo configurado por éste. Se conoce una sombra cuando se le comprende como tal, es decir, en referencia al ente que la proyecta.

Al único conocimiento que es posible tener en la permanente situación en el mundo no le es dable jamás tornarse en una aprehensión efectiva de las cosas que le son accesibles, pues justo nos mantenemos apartados de la dimensión desde la cual éstas podrán ser propiamente comprendidas. Dicho de modo más preciso; confundidos y cautivos en la “caverna” del mundo, abiertos sólo a lo mundanamente existente (“sombras”), existiendo nosotros mismos mundanamente, dirigiéndonos la palabra unos a otros como “sombras”, nos formamos una idea del conocimiento arraigada en el mundo. Potenciada, se vuelve la idea de una “ciencia” mundana, — pero semejante saber está, en su totalidad, en todos sus posibles perfeccionamientos, coartado y determinado de antemano por la actitud fundamental de la vida cognoscente, por su apartamiento del mundo de la luz que se encuentra fuera de la caverna. De ahí que no cobremos conciencia de este prejuicio (el cautiverio en la caverna) como coacción ni restricción; por el contrario, nos ¡hallamos tan entregados al poder de esa actitud fundamental que determina de raíz nuestra existencia toda, que, incuestionadamente y como lo más profundamente comprensible de suyo, vale para nosotros el mundo entendido como la totalidad de los entes.

Ahora bien —así prosigue el símil platónico—, si a uno de estos prisioneros en la caverna le sucediese que se desenlazara de sus cadenas y pudiese moverse por cuenta propia, la consecuencia inmediata de ese movimiento ¿desacostumbrado sena el dolor, de tal suerte que anhelaría retornar a la inmovilidad. Y si por fuerza se le arrastrase hasta la entrada de la caverna y allí se le hiciese partícipe de la vista de la luz solar, entonces, enceguecido al principio, no podría ver nada y volvería a desear la familiar penumbra de la caverna. Pero si, sujetado allí arriba y habiendo aprendido a ver gradualmente. habiendo realmente conocido su verdadero yo y las verdaderas cosas, se le devolviese a la caverna, sin duda vería de nuevo las sombras, pero entonces ya jamás ‘las daría por las cosas verdaderas mismas ni su propia sombra por su “yo” verdadero, sino que comprenderá las sombras como tales por referencia a las cosas reales. No rechazará los conocimientos de los 0 demás, sino que los comprenderá en su carácter de conocimientos de sombras. Sin embargo, los otros, aún sujetados, no lo comprenderán a él. Confundidos en la caverna, con una confianza ingenua en su conocimiento de las sombras, nada saben acerca de un inaccesible mundo de luz del (169) verdadero ser y acogen con la más profunda desconfianza las noticias del desatado. Todos sus modos de comprensión y conceptos proceden enteramente de su conocimiento sobre sombras, las cuales consideran como lo realmente existente. ¿Cómo han de entender a aquél que les quiere mostrar la condición de sombra sin que ellos mismos puedan experimentar cosas reales en la luz y, así, proyectadoras de sombras? Y si éste tratase de liberarlos y, al hacerlo, provocarles dolorosos movimientos, bien podrán ponerse hostiles hacia él.

La violencia, la tensión y el esfuerzo de la ejecución del filosofar, simbolizados en este símil, determina también la filosofía fenomenológica de Edmund Husserl. El “desencadenamiento” filosófico, la liberación del poder de la entrega ingenua al mundo, la salida de la intimidad con los entes, la cual siempre se nos mantiene oculta, en una palabra: la “epojé” fenomenológica, es todo lo menos que puede ser una acción intelectual opcional, “meramente” teórica, sino un auto-movimiento espiritual que abarca todo el hombre y, en cuanto supone un ataque contra la “inmovibilidad” mantenida en lo más profundo, el dolor de un derribamiento de raíz. Y cuando realmente se pone en marcha la liberación y el desencadenamiento espirituales de las cadenas de nuestra sujeción al mundo, esta libertad, alcanzada con tanta dificultad, aparentemente ha perdido sentido, pues tal parece que nos hemos librado del mundo sólo para encararnos a la nada, hemos desconectado la ciencia sobre el mundo, sólo para no conocer nada ahora. Más también aquí queda de manifiesto que lo único que ha ocurrido ha sido que nos encontramos enceguecidos por la claridad de posibilidades de conocimiento totalmente nuevas, que, si nos mantenemos firmes, alcanzamos un conocimiento efectivo de la dimensión originaria desde la cual resultan radicalmente aprehendidos los entes mundanos como las sombras de las cosas reales. El que filosofa fenomenológicamente tampoco ha de desechar los conocimientos alcanzados en la “actitud natural” prefenomenológica, en la permanente situación en el mundo de nuestra vida humana, sino que los refiere a la situación estrecha y prejuiciada en que han surgido y, así, los “relativiza”.

Pero él mismo permanece expuesto necesariamente a la mala interpretación en tanto se dirige filosofando a los demás. Todos los hábitos de pensamiento, los modos de entender, los conceptos y las palabras correspondientes están arraigados justamente en aquella actitud fundamental del conocimiento que, como prejuicio de principio (cautiverio en la caverna), es superada y sobrepasada por la filosofía fenomenológica. Sin realizar tal superación y sobrepasada, nadie puede lograr un acceso efectivo a la filosofía fenomenológica. Sólo mediante el ascenso desde la caverna del prejuicio del mundo y sobrellevando el dolor de la auto-liberación —y no mediante “críticas” ancladas en la comprensión ingenua del mundo, sujetas a los hábitos naturales de pensamiento y enredadas en los preacuñados sentidos de las (170) palabras del lenguaje cotidiano y científico— podría la época llegar a la filosofía de Edmund Husserl, hasta hoy tan desconocida e incomprendida.

Ya que la fenomenología —como se hizo evidente a través de la referencia al símil platónico— se sustrae a una caracterización general directa y de fácil comprensión, un informe sólo puede adoptar la forma indicadora de una determinada “mirada inicial”. Una perspectiva preliminar es lo que ha de seguir: la fenomenología de Husserl recibirá una determinada caracterización a partir de la idea de la fundamentación de la filosofía que le es propia, de tal manera que justamente en esa idea se puede mostrar positivamente el movimiento de la auto-transformación de la fenomenología.

Didier Franck

Original

Excertos de

Heidegger – Fenomenologia e Hermenêutica

Responsáveis: João e Murilo Cardoso de Castro

Twenty Twenty-Five

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