XABIER PIKAZA (2014) – ENCONTRO DE Bultmann COM HEIDEGGER
Bultmann quiere entender y dejarse transformar, no limitándose a repetir escuchar como espectador lo que dice la Biblia. Para eso, lógicamente, necesita conocer al hombre y debe encontrar una antropología, que responda a la experiencia básica del cristianismo (o, mejor dicho, que derive del mismo cristianismo).
No puede aceptar ya la visión helenista (platónica), que divide al hombre en cuerpo y alma, en una línea desarrollada por la escolástica medieval. Tampoco le sirve el moralismo idealista neokantiano, que entendía al hombre como ser que busca un ideal infinito de bien o de verdad (en una línea que sigue básicamente inspirada en Platón). Por eso será fundamental su relación con M. Heidegger, con quien descubre una antropología de fondo cristiano, que deriva en realidad de la Biblia (del análisis del hombre pecador de Pablo).
Ambos empiezan a dialogar el 1923, cuando coinciden en la Universidad de Marburgo, uno profesor de teología, otro de filosofía. Bultmann acude como oyente a algunas clases de Heidegger. Heidegger colabora con Bultmann en un seminario sobre ética paulina (1924). Ambos han superado el idealismo neokantiano y buscan categorías que respondan a su nueva visión de la existencia (sin caer en un tipo de vitalismo extendido en el entorno). Cada uno tomará después su propia línea, pero los dos comparten por unos años una misma visión existencial del ser humano y se influyen mutuamente.
El año 1926 Bultmann emplea ya un lenguaje casi heideggeriano, distinguiendo Geschichte (historicidad) e Historie (transcurso fáctico). En 1927 habla de los entes (Seiende) y el Ser (Sein), para emplear desde entonces un lenguaje existencial, distinguiendo entre el análisis del ser humano, como realidad caída (alejada de sí, pecado), y la decisión creyente, que proviene de la gracia y le libera de su angustia y de la muerte .
– Heidegger (1889-1976) era cinco años más joven que Bultmann y en ese tiempo, como profesor de Marburg (1923-1928) estaba preparando su obra clave (Ser y Tiempo, 1927). A su juicio, el ser humano se encuentra arrojado sobre el mundo, dominado por la angustia, sin otra salida que la muerte. La única respuesta ante esa dura condición existencial era una fuerte decisión, cercana a la tragedia: Mantenerse erguido ante la muerte. En esa línea defendía Heidegger un tipo de actitud pagana, un helenismo más trágico que platónico, que podía hallarse peligrosamente abierto a las tentaciones neo-totalitarias. Pero su visión del hombre como “ser para la muerte” respondía a la visión antropológica de Pablo.
– Bultmann, en cambio, había superado el riesgo del idealismo, sin caer en la tragedia. Por eso, aceptará algunas intuiciones básicas de Heidegger, pero no podrá cerrarse en ellas. A su juicio, el análisis heideggeriano del hombre caído refleja la experiencia bíblica del pecado, que los sinópticos expresan en categorías míticas (posesión diabólica) y Pablo en términos antropológicos (pecado, gracia….). Pues bien, los cristianos sólo pueden hablar y hablan del pecado en la medida en que se saben liberados de él por Cristo. De forma correspondiente, ellos sólo pueden hablar de la gracia de Dios en la medida en que se saben liberados por ella del pecado .
Bultmann descubrió pronto la importancia del análisis existencial para el desarrollo de su teología. Heidegger no había escrito aún Ser y Tiempo (1927), pero su reflexión se movía ya en esa línea. Tampoco Bultmann había perfilado las líneas finales de su teología, pero las estaba desarrollando. Tenían mucho en común, y así se enriquecieron.
Bultmann quería superar los supuestos filosóficos del idealismo liberal, para descubrir y exponer el núcleo del mensaje cristiano, que la teología dialéctica de K. Barth había destacado. Pues bien, esa misma teología, al centrarse en la intervención paradójica de Dios en el hombre, le puso cerca de la problemática de Heidegger, haciéndole ver que, por sí mismo, el “hombre pecador” de Pablo podía identificarse con el hombre entendido como “ser para la muerte” .
Durante el curso 1923-1924, Heidegger y Bultmann compartieron un seminario interdisciplinar, y estudiaron juntos la ética de Pablo, superando el idealismo (progresismo) moralista, sin desembocar en un vitalismo que corría el riesgo de volverse irracional. Ambos hablaban del hombre concreto que es tiempo, y ponían de relieve la situación existencial de caída o pecado de la humanidad. Bultmann sabía ya entonces que sólo podemos hablar de Dios en cuanto actúa en nuestra vida y nos transforma con su fuerza.
El año 1925, Bultmann fue precisando sus ideas, insistiendo en que sólo conocemos a Dios por aquello que realiza en nosotros. En esa línea, él describía al hombre como ser “pre-ocupado”, responsable de su destino, llamado a realizarse y, sin embargo, incapaz de lograrlo. Estas ideas habían estado latentes en W. Herrmann, pero ahora las podían desarrollar de un modo mucho más preciso, con la ayuda de Heidegger. Ese mismo año, Bultmann insiste en que las palabras de la Biblia sólo pueden entenderse tomando en serio el carácter propio del hombre, en línea existencial (no de historia externa), pues el hombre es un ser que no está hecho (acabado), no domina su existencia, se mantiene abierto… .
Bultmann presentará así la realidad del hombre como tiempo (temporalidad) e historia (historicidad), destacando su constitución existencial, como viviente que se hace a sí mismo, debiendo escoger entre el pasado (cerrarse en lo objetivo, el mundo de las cosas) o existir para el futuro (entendido en línea existencial, no ontológica). En esa perspectiva insiste en el encuentro personal con Jesús, utilizando (ya el año 1927) la distinción clave de Heidegger entre el «ser» y el «ente». Heidegger estaba interesado por el hombre, como “ente” especial y paradójico (Da-Sein, Ser-ahí), condenado por un lado a la muerte, pero capaz de recibir la iluminación (la verdad) del mismo Ser (no de una idea determinada, ni de un tipo de cultura). Bultmann asume esa distinción, pero añade que el “ente” humano está abierto a Dios, no al Ser en general .
Desde ese fondo, Bultmann se atreverá a criticar la visión cristológica de su maestro W. Herrmann, por pensar que ella no ha sido lo bastante existencial (no incluye la visión del hombre real) y porque corre el riesgo de convertir a Cristo en un objeto, una cosa que se encuentra ante nosotros, una realidad ya terminada (de una forma casi mítica). En contra de eso, Bultmann piensa que a Cristo hay de entenderle en perspectiva existencial, no como objeto (realidad externa), sino como mensaje (Kerygma): Voz que me despierta, siendo distinta de mí, pero introduciéndose en mi vida .
En 1928, Bultmann alude abiertamente a Heidegger, que ha publicado ya su obra decisiva (Ser y Tiempo, 1927), descubriendo en ella elementos muy valiosos para construir su pensamiento, sin abandonar la teología dialéctica, que le ha permitido poner de relieve el carácter histórico del hombre: Todo lo que digamos de Dios ha de entenderse desde el despliegue existencial humano, en una línea de la apertura al “ser”, no en el plano de los entes objetivos. En ese contexto, el “mundo” no es ya un sistema de cosas, ni es el objeto ideal de la cultura, sino un modo de ser de los hombres que no alcanzan su verdad, como había dicho Pablo y como ha vuelto a destacar M. Heidegger .
En ese momento (curso 1928/1929) comienza el período existencial de Bultmann, que durará, con ciertas variantes, hasta su muerte (1976). Ciertamente, él mantiene su relación con K. Barth (teología dialéctica) y sigue hablando del Dios distinto, que realiza su juicio sobre el mundo en Jesucristo, insistiendo así en el valor de la existencia humana; pero, al mismo tiempo, reelabora su teología de una forma existencial, “reconstruyendo” su visión del hombre y su conocimiento teológico.
Desde ese fondo él distingue y vincula los dos planos: (a) La filosofía se sitúa en el nivel del análisis existencial: estudia la estructura del ser-en-el-mundo (Da-Sein, hombre) y destaca su carácter histórico (en sentido individual), marcado por el ser para la muerte y por la angustia (b) La fe implica siempre una respuesta (decisión) concreta, fundada en la palabra de Dios; por eso, ella se sitúa en el plano de la filosofía, no con la ciencia, pudiendo tomar una “decisión”, que no brota del simple análisis de los hechos o de una posible “manifestación siempre ambigua” del Ser, sino de la revelación concreta de Dios en la Cruz de Cristo .
